Cuándo la belleza y el poder no ganan
29 de septiembre de 2026
República
La política mexicana suele regirse por inercias complejas, cálculos cupulares y una máxima popular que hoy vuelve a cumplirse con precisión quirúrgica: “más vale malo por conocido, que muy bueno por conocer”. En el ajedrez interno de Movimiento Regeneración Nacional (Morena) rumbo a los procesos electorales, los reflectores se apagaron abruptamente para dos de los perfiles más mediáticos de la autodenominada Cuarta Transformación.
Al final del camino, ni la exposición pública constante ni los alineamientos con el aparato de poder bastaron para asegurar las boletas estatales. La realidad interna del partido guinda demostró que el carisma mediático, la proyección de imagen o la estridencia legislativa no son suficientes cuando los equilibrios regionales, las estructuras locales y las encuestas de última hora deciden congelar las aspiraciones de quienes ya se sentían gobernadores o gobernadoras in pectore.
El caso de Nayarit con Geraldine Ponce y el de Chihuahua con Andrea Chávez ilustran a la perfección este fenómeno. Por un lado, figuras que apostaron fuertemente por la estética digital, la polarización discursiva o el amparo de nomenclaturas nacionales se toparon con la fría bofetada de los filtros partidistas. En Chihuahua, por ejemplo, la definición interna priorizó otras cartas políticas —como la de operadores con arraigo territorial alfarero o municipal como Cruz Pérez Cuéllar—, dejando fuera de la jugada a la senadora con licencia que apostaba a la centralidad mediática nacional.
Este filtro pone sobre la mesa una lectura analítica crítica: Morena transita por una etapa donde el pragmatismo territorial devora a las llamadas «corcholatas» juveniles o mediáticas. No se trata de un ejercicio puramente democrático de bases, sino de un reacomodo de fuerzas donde los liderazgos tradicionales y los acuerdos de cúpula imponen condiciones. La lección para la clase política es clara: en el sistema mexicano actual, la sobreexposición y el poder percibido desde los curules o las alcaldías se evaporan rápido si no hay un control real de las estructuras locales y el visto bueno de los operadores del partido. Al final, se quedaron fuera de la jugada, evidenciando que los tronos estatales no se ganan solo con notas rosas, portadas de revista o confrontaciones en tribuna.




